Chile el país eterno I: “Inundaciones y deforestación” de Godofredo Stutzin

Un documento de archivo, a propósito de las ganas que tienen las inmobiliarias por arrasar el bosque del Panul en La Florida.

El 30 de junio de 1976, Godofredo Stutzin advertía sobre lo inconveniente que era continuar permitiendo la deforestación de nuestro país. Treinta seis años después, nos enfrentamos al mismo problema, pero con una agravante: el por todos nombrado pero por nadie atendido cambio climático, que en la Zona Central de nuestro país se está manifestando con inviernos más secos y fríos y veranos más calurosos.

A continuación el artículo “Inundaciones y deforestación” (texto completo) de Godofredo Stutzin, el cual fue compilado en el libro Presencia de San Francisco.

“Crimen y castigo” podría titularse la trágica película que se está desarrollando a raíz de las lluvias de invierno en la región austral del país y que constituye una entrega más de la serial que año tras año deja su huella de destrucción y muerte. Por desgracia, los que sufren el castigo proporcionado por la naturaleza no son los culpables del crimen perpetrado en su contra: los que pierden sus cosechas, sus casas y muchas veces sus vidas por la venganza de las aguas no son los mismos que talaron y quemaron los bosques reguladores del ciclo hidrológico. Como siempre, son muchos los inocentes que pagan caro por la acción de unos pocos pecadores, aunque, en el fondo, todo el país participa de la responsabilidad de éstos por haberlos dejado actuar e incluso haberlos impulsado a cometer su delito de “lesa natura”. Y todo el país tiene que cancelar la cuenta, recargada con intereses sobre intereses y reajustes sobre reajustes: las pérdidas que las inundaciones reportan a la economía nacional son astronómicamente mayores que las ganancias que algunos obtuvieron con la deforestación de nuestro territorio.

Chile, más que ningún otro país, debería otorgar la máxima prioridad a la preservación de sus bosques cuya función es, precisamente, la de preservar Chile. Dada la configuración geográfica de nuestro país, los bosques constituyen la base del equilibrio ecológico del cual depende nuestra sobrevivencia. Allí donde hay bosque, especialmente bosque nativo adaptado durante milenios a las necesidades del medio, el ciclo hidrológico funciona normalmente: la lluvia penetra el rico suelo forestal, parte de ella es absorbida por los mismos árboles, la otra parte es dirigida a los cauces profundos que regulan el flujo de las vertientes. El peligro de inundaciones es mínimo, pues la capacidad del ecosistema de enfrentar situaciones de emergencia, aplicando las válvulas naturales de que dispone, es prácticamente ilimitada. En cambio, allí donde falta el bosque, el agua no es retenida por la vegetación, que no existe, ni acogida generosamente por la tierra, víctima de la erosión: permanece en la superficie, hace crecer los ríos y aniega los campos. De benefactora la lluvia se convierte en destructora sólo por la ausencia del bosque.

La lección parece clara: si el bosque es vida, la deforestación es muerte. Sin embargo, aún no la aprendemos: seguimos talando alegremente nuestros mermados bosques nativos sin darnos cuenta que cada hectárea deforestada es una hectárea más que se agrega al  gran cementerio del futuro de Chile.

(30-VI-1976)

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