El medioambiente y la neutralidad de la ciencia

Un hecho particular ocurrido en el marco del conflicto ambiental Pascua Lama, nos invita a preguntar lo siguiente: ¿los científicos y sus estudios y afirmaciones no pueden ser cuestionados? ¿al igual que todos los mortales, en muchas ocasiones su trabajo no podría estar influenciado y sesgado económica y políticamente?

EL CASO PARTICULAR

Las comunidades del Valle del Huasco han emitido un comunicado en el cual denuncian que el Centro Científico de Valdivia (CEC´S) ocultó al Segundo Tribunal Ambiental de Santiago, información relevante relativa a la destrucción de los glaciares Toro I, Toro II y Esperanza, que estaba llevando a cabo el proyecto Pascua Lama de Barrick Gold.

Las comunidades del Valle del Huasco denuncian (ver comunicado) que el Centro Científico de Valdivia (CECS) y su glaciologo Andrés Rivera, cuando fueron requeridos por la justicia en calidad de testigos, no entregaron antecedentes graves de los cuales tenían conocimiento: que el proyecto Pascua Lama de Barrick Gold, estaba deteriorando y destruyendo los glaciares Toro I, Toro II y Esperanza, que entreparéntesis, ahora mañosamente denominan “glaciaretes”, para minimizar su importancia y tratar de abrir la puerta a su intervención total.

¿JURA DECIR LA VERDAD, TODA LA VERDAD Y NADA MÁS QUE LA VERDAD?

Un documento interno de Barrick Gold, denominado flash report, indica lo siguiente:

“Personal de CECS (Centro Científico de Valdivia) informa que camino de Glaciares que cruza Toro 1, ha sido abierto, sin autorización de Medio Ambiente. En turno de 16 al 23 de Enero este camino fue cerrado y bloqueado con un pretil duro, por CMN caminos, dando cumplimiento al cierre definitivo de este tramo” (ver documento flash report en Terram Chile).

Este flash report, filtrado por  Greenpeace, permite ver que el CECS aún estando en conocimiento de estos antecedentes, e incluso emitiendo un informe sobre esta situación, no entregó mayores detalles sobre la misma al concurrir al Tribunal Ambiental. La gente de CECS constató que un camino de 3 metros de ancho por 100 de largo pasaba por el centro del glaciar Toro 1, y no manifestó absolutamente nada. Estaba en conocimento, además, que esto se hacía sin la autorización de Medioambiente, y aún así tampoco dijo nada. Sólo cumplió con informar de esto a su patrón de ese momento, Barrick Gold, que el camino se había cerrado, cosa que era necesaria pues en el corto plazo se venía un proceso de rigurosa fiscalización.

Sin embargo, todo esto “se entiende”, porque los glaciologos de Centro Científico de Valdivia, asistieron al Tribunal como testigos expertos a nombre de la empresa… Esto nos invita a reflexionar sobre la supuesta imparcialidad que sería una de las características inseparables al momento de describir a un científico.

¿LA NEUTRALIDAD DE LA CIENCIA?

Nosotros los mortales comunes y corrientes tenemos en alta estima las opiniones de los científicos, como si estos como individuos fueran totalmente autónomos y fuente de verdad indiscutida. Sin embargo, recurrente y porfiadamente nos enfrentamos a filtraciones y evidencias que nos indican que esto no es de esta manera y en realidad nunca ha sido así: con tristeza nos enteramos de como cientos de científicos, financiados por grupos de presión de la industria tabacalera intentaron ocultar por décadas la relación entre la aparición de cáncer pulmonar y el consumo de tabaco; del mismo modo, conocimos como en el ámbito nacional, también diversos centros científicos intentaron desmentir la relación entre la contaminación del río Cruces, en Valdivia, y la mortandad de los cisnes de cuello negro; y finalmente, cada vez que se publican informes que vinculan los impactos que tienen en los ecosistemas  diversas industrias como el monocultivo forestal, la minería, entre otros, surgen inmediatamente “contrainformes” científicos que buscan desacreditar estas vinculaciones.

Para no caer en una actitud poco sana de no terminar creyendo en absolutamente nada y quedar de esta manera en un situación de perpetuo estancamiento, deberíamos comenzar por transparentar y sincerar ciertos puntos: los científicos no son los nuevos sacerdotes y hombres santos, fuentes de verdad indiscutida, ubicados más allá del bien y del mal. Las resoluciones y los veredictos de la comunidad científica, no son ni pueden ser la última palabra, ubicada por encima de consideraciones de carácter social, cultural, ético, moral y político. Recuerden que, no hace mucho, la comunidad científica, en este caso la comunidad médica, no terminaba de ponerse de acuerdo sobre si la homosexualidad era una “enfermedad” que debía tratarse como una condición médica. Sólo tardíamente entregó conclusiones relativas a indicar que esto no era así, en una época como la actual, en la que las opiniones de los científicos en este punto, no resulta relevante para nadie… bueno, quizás sí para algunos grupos ultraconservadores.

La ciencia debería siempre sincerar que no entrega verdades, sino interpretaciones, en base a datos que son siempre provisorios.

Del mismo modo, no podemos esperar a que los científicos dicten sentencia sobre problemáticas que debemos resolver como sociedad y atendiendo a múltiples elementos y consideraciones, y no sólo a los limitados datos que pueda entregar uno u otro paper y/o artículo científico. En lo relativo al medioambiente, y gracias a que como investigador uno tiene la oportunidad de revisar prensa de hace 40 y 50 años, se puedo ver como los científicos proponían cosas que ahora nos resultan descabelladas, como por ejemplo, hacer volar los Himalayas con bombas nucleares para transformar el clima de Siberia, y permitir que esta última se convirtiera en el granero de la URSS. Si se hubiera atendido única y exclusivamente a la consideraciones de orden científico existentes en esta época, desconociendo la amplitud de argumentos entregados por otras áreas del conocimiento y del quehacer humano, las consecuencia a nivel del clima planetario aún hoy en día, y quizás por cuántos milenios, se seguirían sintiendo.

Las llamadas “ciencias duras” o “ciencias exactas” -concepto bastante cuestionado y casi obsoleto actualmente- , entre las que se ubica la glaciología del CECS, deberían nutrirse un poco de la humildad de otras disciplinas, especialmente las Ciencias Sociales, las cuales constantemente sinceran que todo investigador entrega interpretaciones y visiones, que están influidas por la formación de cada profesional, por las teorías y paradigmas a los que adscribe, por su posición o sensibilidad política (ser “apolítico, también es una posición política), incluso por algo tan esencial, pero a veces tan olvidado, como su trayectoria vital o experiencia de vida.

El informe y la “verdad” (con omisiones) que el CECS entregó al Tribunal Ambiental, estaba mediada por una de estas situaciones que afectan al quehacer científico: la relación cliente-empresa o patrón-empleado que mantenía con Barrick Gold. Sus informes científicos estuvieron, en su redacción final, explícita o implícitamente, influenciados por esta situación. Ahora lo sabemos. Ahora miraremos con muchísima más atención las conclusiones que este centro nos ofrezca en el futuro.

Ecopensamiento, 13 de marzo de 2015.

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