Dendroseris litoralis, Col de Juan Fernández

En esta ocasión, y en el marco de la serie “Biodiversidad y Sociedad: Islas Juan Fernández”, presentaremos a la Dendroseris litoralis o Col de Juan Fernández, clasificada como “árbol raro”, y muy popular entre los cultivadores amantes de las plantas raras y exóticas.

El comienzo de una obsesión

Dendroseris litoralis… es difícil determinar el momento exacto en que quedé prendado de esta especie botánica, y comencé a afanarme en investigar cada uno de los múltiples detalles de su existencia: necesidades de cultivo, tipo de sustrato que requiere, cantidad de luz, temperatura, condiciones óptimas de humedad. En muy pocas ocasiones son la cualidades estéticas las que motivan mi apasionamiento por una planta en particular, y en esta ocasión no fue distinto, pues fueron la historia y las vicitudes que ha atravesado la Dendroseris, las que motivaron que inclinara hacia ella toda mi atención.

Si la memoria no falla, creo que el primer encuentro con la Col de Juan Fernández -que un ojo inexperto confundiría con cualquier planta decorativa de interior-, tiene que haber sido necesariamente en el Jardín Botánico Nacional, ubicado en el sector de El Salto, en Viña del Mar.

Dendroseris en Jardín Botánico Nacional

 

 

 

 

 

 

 

En el área donde se exhibe una colección de especies de Chile Insular, la contemplé con detención, y efectivamente su extraña forma de árbolito con hojas grandes y brillantes como las de una verdura (repollo, lechuga costina o acelga), llamó mi atención, pero no al punto de que surgiera entre nosotros amor a primera vista. Esto vendría después, cuando conociera los detalles de su dramática historia.

Siglos de depredación

Los ecosistemas insulares son extremadamente frágiles: sólo un reducido número de especies vegetales y animales, a cuenta gotas y a lo largo de varios milenios, logra llegar a ellos. La lentitud con la que van integrandose al ecosistema de la isla, permite períodos  de acomodación, que se traducen en delicados equilibrios. Las especies que prosperan, evolucionan en variadas y exquisitas formas, con características únicas y diferenciadas, que los distinguen de sus parientes continentales.

Cualquier nuevo elemento que se introduzca en el ecosistema puede acarrear profundas pertubaciones, pero afortunadamente la condición de extremo aislamiento, permite que estos eventos ocurran cada períodos de tiempo muy largos. Sin embargo, esta situación cambió radicalmente para las islas de Juan Fernández desde el siglo XVI en adelante. Las islas fueron incorporadas como parada y punto de abastecimiento en las rutas del Pacífico Sur; cerdos y cabras fueron introducidos para alimentar a las tripulaciones que alcanzaran sus costas; maderas fueron taladas para reparar buques, y ser utilizadas como combustible.

Las crónicas indican que a tan sólo un siglo de la llegada de los seres humanos, se constataba un grado importante de degradación del ecosistema: el provincial de la Compañía de Jesús en Chile, Diego Rosales, quien intentó el poblamiento de las islas, señala para 1664, que las cabras que se habían introducido desde su descubrimiento, se habían multiplicado en tan prodrigioso número, que el terreno y aun el bosque les venía estrecho, de suerte que no caben y desnudan los árboles que están descortezados y deshojados hasta donde alcanzan empinándose.

Dendroseris litoralis. Foto de 1908.

 

 

 

 

 

 

 

A las cabras y cerdos, se sumaron conejos y ratas, generando cada una de estas especies, y otras más que llegaron, distintos tipos de estragos. Lo que en condiciones normales tardaba milenios en ocurrir -la llegada de una especie a las islas-, gracias al ser humano, ocurría en un muy breve período de tiempo.

Entre las víctimas de la devastación provocada por los animales introducidos, se contó, como no, a la Dendroseris litoralis: para las últimas décadas del siglo XX, se declaró desaparecida en estado silvestre en la isla principal del archipiélago, Robinson Crusoe, quedando constreñida a unos pocos ejemplares en la isla más pequeña, Santa Clara, pero siempre con el riesgo inminente de desaparecer, debido a la voracidad de una especie invasora: el conejo europeo. La desaparición de la especie, terrible en sí misma, también puso en situación de riesgo a otra especie emblemática del archipiélago, que se alimenta de sus flores, el Picaflor de Juan Fernández. Los delicados equilibrios insulares que mencionábamos hace unos momentos, estaban saltando por los aires.

Escapando de la extinción

En la actualidad, CONAF y organizaciones de conservación como OIKONOS, han realizado un trabajo destacado que ha permitido, por una parte, erradicar especies invasoras como el conejo europeo, y por otras, realizar trabajos de restauración ecológica. En la actualidad y gracias a estos esfuerzos, se registran en estado silvestre en la isla Santa Clara, seis poblaciones de Dendroseris litoralis, que en conjunto suman alrededor de 300 ejemplares.

Dendroseris en isla Santa Clara. Foto de Holly Freifeld.

 

 

 

 

 

 

 

Aunque la cifra pueda resultar desoladora -un número tan exiguo, siempre es peligroso, en el caso del surgimiento de plagas o pestes-, permite de todas maneras esperanzarse y pensar que en el futuro cercano, esta especie logrará escapar de la extinción, y prosperar en sus maravillosas islas, y no tan sólo en jardines botánicos y en viveros de cultivadores, que nos apasionamos por rescatar y reproducir estos tesoros de la naturaleza.

 

 

2 comentarios sobre “Dendroseris litoralis, Col de Juan Fernández

  1. Muy lindo y dramatico tu post , imagino que haz conocido personalmente la isla , podrias hacer mas notas de las otras especies como la Juania Australis…saludos.

    1. Gracias por tu comentario. Desafortunadamente, no he tenido posibilidad de viajar al archipiélago. Quiero juntar suficientes recursos de tal manera que cuando concrete el viaje, tenga oportunidad de recorrer la isla extensamente y unirme a la búsqueda, que algunos aún realizan, del último ejemplar que podría sobrevivir de Sándalo de Juan Fernández. Este árbol fue declarado extinto a principios del siglo XX. Sin embargo, el hallazgo de otras plantas, que también fueron declaradas extintas, en quebradas recónditas, entregó un luz de esperanza, e impulsó nuevas búsquedas.

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