La guerra de las especies en Juan Fernández

A continuación transcribimos el artículo de Natalia Ramos Rojas, que se publicó el 11 de mayo de 2018, en el N° 202 de la revista VIERNES, del periódico chileno La Segunda. También adjuntamos para descarga el pdf del mismo.

El artículo aborda la crítica situación que atraviesa el archipiélago con mayor endemismo por metro cuadrado en el mundo y como se trabaja para revertir una fatídica proyección: que en ochenta años más, el bosque nativo de Juan Fernández será arrasado y absorbido por la especies exóticas invasoras.

Por Natalia Ramos Rojas

JUAN FERNÁNDEZ. LA GUERRA ECOLÓGICA

Reconocido como el territorio con mayor endemismo por metro cuadrado en el mundo, el archipiélago libra una batalla campal en contra de las especies exóticas invasoras, que trepan como enredaderas por los árboles nativos y los debilitan hasta matarlos. Considerando este escenario, CONAF desarrolla un proyecto junto a otros organismos del Estado, ONGs y la comunidad local para revertir una fatídica proyección: que en ochenta años más, el bosque nativo de Juan Fernández desaparezca para siempre.

Nadie sabe con exactitud como llegó. Si fue llevado por alguien, o si decidió volar los 674 kilómetros que separan el archipiélago de Juan Fernández del puerto de San Antonio. Lo que sí se sabe es que los zorzales encontraron en la isla Robinson Crusoe un paraíso para reproducirse, gracias a la gran cantidad de semillas y frutos de mora y maqui que, además de consumir, ayudan a propagar. Porque la mora, el maqui y la murtilla, también especies foráneas, pasan el tracto digestivo del zorzal, y cuando el ave vuela, desparrama con sus fecas las semillas por todo el territorio insular. Este proceso es el que ha convertido al zorzal en uno de los enemigos que los habitantes de la isla Robinson Crusoe reconocen en su lucha contra las especies exóticas invasoras (EEI), que comenzó a desbordarse hace al menos una década. Porque las moras, maquis y murtillas están ganando terreno a pasos agigantados, al punto de mantener bajo amenaza a las especies nativas del territorio con mayor endemismo por metro cuadrado en el mundo.

“Realmente parece una estrategia de guerra; es como si las especies exóticas invasoras se ayudaran entre ellas para ganarse el territorio. Luchar contra eso es increíble, ¿por dónde entras? ¿Eliminamos el zorzal o eliminamos primero a la mora, el maqui o la murtilla?”, dice Víctor Lagos San Martín, del departamento de planificación y desarrollo de la gerencia de áreas silvestres protegidas de la Corporación Nacional Forestal, CONAF, y director del Proyecto Darwin, la iniciativa con la que el Estado, junto a diversas ONG, está tratando de revertir la situación.

En esta guerra, el zorzal es un bombardero incontrolable que ataca por vía aérea, sin aviso, propagando el escuadrón enemigo de las “tres M” -por mora, maqui y murtilla- que es como los isleños abrevian a este grupo de especies invasoras. Una batalla declarada y en progreso.

Según los pronósticos, si las especies exóticas invasoras como la zarzamora y el eucaliptus  siguen colonizando las alturas, absorberán la lluvia desde la cima de los cerros, y en treinta años Robinson Crusoe podría quedar sin agua.

“Estamos combatiendo contra la naturaleza, pero contra la que no debería estar aquí. Ya llegamos al momento en que el bosque nativo de Juan Fernández no puede defenderse por sí solo. Si no hacemos algo ahora, va a desaparecer de aquí a 80 años”, sentencia Lagos.

La conclusión a la que llegó Charles Darwin hace un siglo y medio, contenida en su teoría de la evolución, encuentra eco hoy en Juan Fernández: “No es el más fuerte de las especies el que sobrevive, tampoco es el más inteligente. Es aquel que es más adaptable al cambio”.

LA INVASIÓN

De origen volcánico, con una geografía costera dramáticamente marcada por acantilados y despeñaderos, el Archipiélago de Juan Fernández fue descubierto en 1574. Acechado por piratas y corsarios, el poblado de San Juan Bautista fue fundado en la isla Robinson Crusoe por los españoles en 1570, primero como presidio y luego como pueblo. La protección de su naturaleza, agreste y sorprendente, comenzó en 1935, cuando el archipiélago fue declarado Parque Nacional, mientras que en 1977, cerca de 9.960 hectáreas fueron declaradas Reserva de la Biósfera por la Unesco. La riqueza de este conjunto de islas radica en su endemismo, tanto en el territorio marítimo como en el terrestre: sólo en cuanto a flora, según información de CONAF, en el archipiélago hay 214 especies nativas, de las cuales 135 son endémicas.

La única isla habitada (1) es Robinson Crusoe. Según los primeros datos del censo de 2017, en Juan Fernández viven 926 personas, siendo una de las once comunas del país con menos de mil habitantes. La mayoría, dicen ellos mismos, es consciente del paraíso que habitan. “Yo crecí aquí y este entorno me determinó. Cuando me fui para estudiar, tenía la esperanza de volver a la isla para aportar un granito de arena en cualquier área y, finalmente lo hice como especialista en conservación terrestre”, dice el ingeniero en pesca Pablo Manríquez, coordinador de la ONG estadounidense Oikonos en Juan Fernández, que estudia las aves nativas y todo lo relacionado con las EEI. Fue así como hace diez años, haciendo un trabajo de observación del picaflor de Juan Fernández, especie endémica en peligro de extinción, identificaron las EEI como una de las principales responsables de la baja de esa población, que ya no encuentra un hábitat propicio para anidar.

“No hay fechas exactas, pero se estima que las zarzamoras fueron introducidas por el hombre en la década de los sesenta, para formar cercos naturales y dividir las tierras. Pero desde entonces hasta ahora, le ganaron al bosque nativo  y éste no tiene dónde crecer. Uno de los afectados directos es el picaflor de Juan Fernández, que ya no encuentra la luma, un árbol -también endémico- donde solía anidar”, dice Manríquez.

Con esta constatación, los representantes de Oikonos, junto con voluntarios de la organización Rescatemos Juan Fernández y los guardaparques de Conaf, comenzaron a realizar limpiezas de terreno en la zona denominada Plazoleta El Yunque, una de las más extensas del Parque Nacional, para intentar aplacar el efecto negativo de las especies exóticas invasoras. Sin embargo, los esfuerzos se diluían: la limpieza de una hectárea podía tomar cerca de cinco años, mientras que las EEI, gracias a la ayuda de sus aliados los zorzales, se expandían a un ritmo de cinco hectáreas al año.

Junto a la supremacía de las “tres M”, el batallón invasor iba sumando nuevas especies a sus filas y, al mismo tiempo, ganando terreno en la isla. Manríquez recuerda que las mismas zonas en donde corría cuando era niño, hace veinte años y en donde podían haber lumas, chonta o Juan Bueno, ahora están llenas de altos eucaliptus. “El cerro Yunque es el más alto de la isla, con 915 msnm, y funciona como un atrapanieblas. Por eso cuando llueve, las aguas escurren hacia abajo. Si los invasores logran llegar a la cima, además de arrasar con todas las especies nativas de la isla, de aquí a treinta años nos dejarán sin agua”, dice preocupado, porque según su estimación, el enemigo ya ha avanzado hasta los 400 metros por sobre el nivel del mar.

Las especies exóticas invasoras responden a un perfil bastante agresivo: son oportunistas, requieren de un elevado volumen de agua para su crecimiento y propagación pero, al mismo tiempo, son altamente adaptables, un factor que las favorece por sobre las especies endémicas y nativas a su alrededor. La colonización ya se hace evidente a simple vista: el verde oscuro propio del bosque nativo tiene grandes manchones de color verde más claro que, muchas veces, corresponden a las zonas ganadas por las invasoras.

Guillermo Araya es uno de los guardaparques históricos del Parque Nacional Archipiélago de Juan Fernández. En sus 30 años de experiencia en terreno, ha sido testigo del cambio de escenario y de la agresividad de estas nuevas especies. “Limpiábamos las zonas y a los pocos meses aparecían las nuevas matas de EEI. No sacábamos nada, si desde atrás nos venía siguiendo el zorzal con las semillas. Crecen de manera tan agresiva que suben como enredaderas por los árboles endémicos, quitándoles fuerza, debilitándolos hasta que mueren”, cuenta. Y aunque los esfuerzos parecían no arrojar grandes resultados, una observación fue clave para iniciar la arremetida. “Nos dimos cuenta de que al quitarles luz a las especies exóticas invasoras, y plantando especies nativas apenas limpiábamos las zonas, sin esperar semanas o meses, se podía fortalecer el bosque nativo”, dice Araya.

Lentamente, las EEI comenzaron a mostrar una de sus pocas debilidades y, con ello, a dar pistas para su posible erradicación.

LA ESTRATEGIA

A fines de agosto de 2015, Felipe Sáez, ingeniero en biotecnología, tuvo sólo 10 minutos para decidir si aceptaba la propuesta. Oriundo de Lota, le ofrecieron trabajar como biólogo de campo de un proyecto de Conaf en Juan Fernández, justo cuando estaba terminando su magíster en Ciencias Forestales. El trabajo implicaba irse por dos años a Robinson Crusoe. Sin darle muchas vueltas, y sin haber estado nunca en el archipiélago, Sáez aceptó y el 1 de septiembre de ese año ya estaba instalado en la isla, dando la lucha en terreno junto a Víctor Lagos. “Cuando llegas te das cuenta de que las plantas se comportan de una forma diferente, con un carácter invasor que es notorio. Las especies exóticas invasoras han colonizado cerca del 19 por ciento de la isla. Nunca me imaginé que podía ver una zarzamora con un tallo de ocho centímetros, con formación leñosa, muy raro en este tipo de arbustos. Allí pude constatar que lo que dicen es cierto: la isla es el paraíso de las invasoras y son tantas, que te vuelves un poco loco porque no sabes mucho por dónde empezar”, dice Sáez.

La estrategia elegida fue agresiva e innovadora: era necesario establecer, por primera vez en Chile, un banco de semillas al interior del mismo Parque Nacional. De esta manera, se resguardarían y germinarían las semillas endémicas para plantarlas, ya crecidas, en las zonas arrasadas y libres de invasoras gracias a maquinarias y la aplicación de químicos para combatir malezas. El proyecto, que oficialmente se llama Rescate de la Vegetación Nativa y Restauración Ecológica de la isla Robinson Crusoe Parque Nacional Archipiélago Juan Fernández, pero que todos conocen como Darwin, recibió un financiamiento inicial de la Fundación Iniciativa Darwin, del Reino Unido, y fue llevado a cabo por Conaf junto al Center for Agricultural Bioscience International -institución intergubernamental sin fines de lucro-, la ONG Oikonos, el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA), el Ministerio del Medioambiente y el Proyecto GEF, que fue una especie de antesala en el combate de las especies exóticas invasoras en Juan Fernández.

El proyecto terminó siendo liderado por el único foráneo del equipo, trabajando codo a codo con Pablo Manríquez, uno de los representantes de Oikonos encargado de la limpieza de los terrenos, y Guillermo Araya, uno de los ocho guardaparques de Conaf que aportaron conocimiento detallado de las especies endémicas de la zona para su posterior plantación. Sáez, además, debía coordinar el trabajo entre organizaciones y los habitantes que quisieran ser parte del proyecto, y gestionar los recursos facilitados por el municipio local.

“Yo era el único del equipo que no era de la isla. Al inicio generas cierto rechazo, porque lógicamente se preguntaban: “¿y quién es este cabro chico?”, “¿qué va a saber él, que viene recién llegando?”. Yo había llegado con más teoría y conocimiento académico, con una idea de restauración que apenas estuve ahí me di cuenta de que no iba a ser posible, porque había trabajado en superficies más extensas y planas que tienen una factibilidad operativa y económica mucho más fácil. Allá te das cuenta de que el Archipiélago de Juan Fernández no se parece a ningún lugar que conozcas en el Chile Continental”, dice Sáez.

LA RECONQUISTA

A la manera que lo hacen las especies exóticas invasoras, Felipe Sáez identificó las condiciones favorables de la isla, para ayudarse a dar vuelta el combate. Se dio cuenta de que los isleños conocían el territorio a cabalidad, estableció un trabajo conjunto con los guardaparques y elaboraron una propuesta en conjunto, identificando una porción de bosque nativo como referencia, en un espacio de trabajo de 20 hectáreas que limpiaron de las “tres M”, para luego plantar rápidamenet naranjillo, azara y pangue, y cuidar lo que serían los nuevos ejemplares de este incipiente bosque nativo, libre de especies exóticas invasoras. “En esas 20 hectáreas se generaron claros donde antes estaban las EEI. Esos claros suman, en total, una hectárea. Parece poco, pero con esa hectárea se asegura la sanidad de las otras 19”, explica Víctor Lagos, director del proyecto.

La logística también tuvo que responder a las complicaciones geográficas de la zona. “Gracias al trabajo que se hizo con las semillas, logramos germinar 3.031 ejemplares endémicos, que teníamos que transportar cerro arriba. ¡Y éramos sólo ocho guardaparques y yo! Cada bolsa pesaba medio kilo, imagínate lo que es mover una tonelada y media de tierra, al hombro, más encima en altura”, dice, riendo. Para sortear el problema, también se necesitaba de una táctica. “Nos dimos cuenta de que necesitábamos aliados, y ahí apareció el Colegio Insular Robinson Crusoe, que puso a ocho cursos, con 20 niños cada uno, a trabajar en el proyecto. Cada niño llevaba una plantita y con eso solucionamos un problema logístico relevante, pero además, generamos un vínculo entre esas nuevas generaciones y el bosque que estábamos preservando. Los niños iban felices, y les sirvió para conocer zonas nuevas de la isla, porque habitualmente están restringidos a las hectáreas más cercanas al poblado”, dice Sáez.

Ya con un buen terreno ganado, comenzaron a desarrollar acciones complementarias, como el análisis microbiótico del suelo de la isla, realizado por el INIA, para identificar los hongos que viven en el suelo de Juan Fernández. “Los guardaparques se dieron cuenta de que algunas semillas, plantadas en tierra normal, no germinaban. Se les ocurrió probar con tierra del bosque, porque ésta tiene más carbono, pero no era eso. A través de un estudio, el INIA logró aislar a 25 géneros benéficos favorables a la germinación de semillas que, además, las ayudan a crecer. Con esto pudimos constatar que la belleza de Juan Fernández también se debe a lo que está en su tierra, a estos microorganismos, muchos de ellos también endémicos que sólo benefician el crecimiento de especies del archipiélago”, explica Sáez.

En los dos años que duró el proyecto, el resultado fue más que satisfactorio. “En el continente, cuando se habla de un prendimiento de la forestación del orden del 70 por ciento, se trata de un programa de restauración exitoso. En el caso del proyecto en Juan Fernández, este resultado superó el 90 por ciento y con ello se convierte en uno de los procesos de restauración más efectivos del país”, dice Víctor Lagos. Para Sáez, el éxito radica en la participación de los isleños. “Logramos mezclar nuevas tecnologías con los conocimientos detallados de los isleños, especialmente de los guardaparques, que hacen una labor realmente admirable, trabajando en condiciones climáticas adversas, que sólo una vez que las conoces las valoras realmente”, dice.

El proyecto concluyó su primera etapa hace poco más de un mes. Felipe Sáez volvió a Santiago, pero el equipo logró una extensión hasta septiembre para ver alternativas de ampliación de la iniciativa. “La experiencia en Juan Fernández fue muy enriquecedora, y aun cuando logramos un programa exitoso, siento que regresé a Santiago con mucho más de lo que entregué. En cierta forma los abandoné, pero fue para concretar la promesa que les hice: tratar de generar más proyectos y gestionar recursos, porque los necesitan”. dice. En cuanto a la proyección de los resultados, Sáez se mantiene optimista: enseñó a los guardaparques a usar un sistema de fichas y GPS para que no se extravíen las semillas plantadas, y además, espera que el laboratorio de semillas siga funcionando. “Actualmente tenemos el 57 por ciento de las semillas de las especies de la isla Robinson Crusoe, pero ese territorio representa solo el 23% del Archipiélago. La idea es que los guardaparques logren resguardar todas las especies. Si en dos años fuimos capaces de preservar más de la mitad, ¿por qué no soñar que logren el 100% de conservación de las semillas?, dice.

 

 

 

 

NOTAS

(1) La única isla habitada de forma permanente. Alejandro Selkirk en cambio, es habitada sólo en ciertas temporadas del año, por los pescadores del archipiélago. Santa Clara, por otra parte, tiene acceso restringido para fines de investigación científica.

Artículo para descargar:

j fernandez

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s