Cuando Chile tenía 2 millones de palmas

En la actualidad, diversos artículos académicos coinciden en señalar lo siguiente: las 120.000 palmas chilenas que se estima existen hoy en nuestro país, representan apenas el 5% de la cifra total que existía en la Zona Central de Chile a la llegada de los españoles en el siglo XVI. ¿Podemos dimensionar la magnitud de la pérdida? ¿Cómo fue caminar a lo largo del país, cuando el territorio estaba cubierto con más de dos millones de palmas? ¿Cuántas comunidades se desarrollaron y prosperaron gracias a los diversos insumos que podían obtener de la Jubaea y cuántas se vieron empobrecidas una vez desparecidos los grandes palmares?

Este artículo, que estará constantemente sometido a actualización, tendrá como propósito recopilar las descripciones que permitan aproximarnos al Chile de las Dos Millones de Palmas.

DESCRIPCIONES DEL SIGLO XVI

El cronista Jerónimo de Vivar, en la Crónica y relación copiosa y verdadera de los Reynos de Chile, terminada en 1558, en la parte que describe las plantas y frutos de la tierra, hace una mención a la Jubaea chilensis:

“Capítulo 89, que trata de la provincia de Mapocho, de los árboles e hierbas parecientes a las de nuestra España, y de aves y sabandijas que en ellas hay: […] Hay palmas, y solamente las hay en esta gobernación [del Reino de Chile] en dos partes, que es en el río de Maule hay un pedazo que hay de estas palmas, y en Quillota las hay en torno de siete y ocho leguas. Llevan un fruto tan grande como nueces de que están verdes y despedidas de la cáscara que da un cuesco redondo, y sacado lo que tiene dentro que es como una avellana. Es gustoso; tiene muy buenos palmitos“.

Las leguas castellanas equivalen aprox. a 6 kilómetros, por lo tanto quedan en el área considerada por Vivar alrededor de Quillota, los palmares de Ocoa, Llaillay, Olmué, Provincia de Marga Marga, Peñuelas, Valparaíso, Viña del Mar, Puchuncaví, Quintero, entre otras áreas y localidades.

DESCRIPCIONES DEL SIGLO XVII

González de Nájera, en Desengaño y reparo de la guerra en el Reino de Chile (1614), aunque hace una mención muy breve a la palma, no pierde la oportunidad para alabar el sabor del palmito:

“Hay palmas, aunque no de dátiles ni cocos, pero de racimos de coquillos pequeños como las más gruesas nueces, y que crían palmitos grandes y sabrosos, cuyos troncos, aunque no son muy altos, como los de otras palmas, son gruesísimos y barrigudos, de forma de cañas de cebollas”.

Alonso de Ovalle, en su obra Histórica relación del Reyno de Chile (1646) , en el Capítulo XXII, “de los árboles que se crían en Chile”, se extiende en explicar las características de la planta, pero sin mencionar en que provincias del país se le podía encontrar:

“Los árboles frutales, que se nace y crían en los montes [es decir, silvestres], son muchos, y de varias suertes. Demos el primer lugar a los que entre todos se llevan [a] la palma no solo por convenirles el nombre, y el significado, sino porque su altura, hermosura, abundancia, y la de su regalado fruto les hacen lugar entre los de más estima.
Críanse estas palmas de ordinario en los montes y quebradas, tan espesos, que mirándolos de lejos parecen almácigo puesto a mano; son muy gruesas, y altas, todo el tronco desnudo hasta el cogollo, porque su naturaleza es tal, que al paso que se va vistiendo de nuevos ramos, se va despojando de los viejos antiguos, con que el tronco subiendo siempre exento, y desembarazado de las ramas, que por uno y otro lado suelen nacer en los demás árboles, y ofuscarlos, se ocupa todo en alimentar, y vegetar la copa, y el palmito, que nace dentro de ella, serviendole como de pirámide en que se corona con la admirable rueda de los ramos, y hojas que le rodean.

Palmas en Valparaíso. Ilustración en la obra de Alonso Ovalle

[…] Llámanse cocos la fruta de estas palmas, y son a manera de avellanas aunque más grandes, otro tanto, y la comida que está dentro no es sólida y maciza como la de aquellas, sino hueca, como la cascara, y tendrá de grueso el bordo como un Real de a ocho. Dentro del vacío que hace el hueco, crían una leche o agua, muy sabrosa, como también lo es la carne, que es muy blanca, y le sirve como de vaso o redoma en que se conserva, y dura algunos meses hasta que se anexa el coco, y la embebe en sí, y entonces no son tan buenos de comer, como cuando están frescos; pero sí de confitarse como la almendra, y otras pepitas, que sirven a este propósito.

[…] los cocos críanse pegados a un racimo, que tendrá más de mil, y este se engendra dentro de una como concha cerrada, que va creciendo juntamente con el racimo hasta que llegando ya este a sazón, engruesa de manera, que no cabiendo dentro de su claustro, la hace reventar y rompe en dos partes, que quedan como dos barcos cada uno de más de una larga barra de largo, y dos palmos de diámetro por lo más ancho, y el racimo todo amarillo, que es muy de ver, queda colgando hasta que sazonandole la fruta se viene al suelo, de donde la coge quien quiere, y se hace grande cargazón para llevar al Perú, porque demás del efecto de confitarle, les dan los muchachos buen despacho, porque es el mayor entretenimiento que tienen en el año”.

Décadas más tarde, otro jesuita, el padre Diego Rosales, también describió la “palma de Chile”, dedicándole algunos párrafos en el capítulo VII de su Historia General del Reino de Chile (1674):

“Palmas hay muchas en la comarca de la ciudad de Santiago: son muy diferentes de las de España, porque no dan dátiles sino unos cocos del tamaño de una nuez, pero la cáscara más gruesa y más dura, y la comida de dentro, blanca y dura, algo sabrosa. De los secos cocos se exprime aceite mantecoso y de muy buen gusto. Usase poco de él para comer por haber aceite de olivos el necesario, pero es muy medicinal para mitigar el dolor de las almorranas […] son buenos estos cocos para confitados, y en cáscara son el entretenimiento de los muchachos, que con ellos juegan a las bolas, por ser duros de cascara, y a otros muchos juegos. Estas palmas tienen las ramas y las hojas como las palmas de dátiles […]
Tienen estas palmas dentro del corazón un palmito sabrosísimo y delicado al comer, y los pasajeros suelen derribar una palma solo para sacarle el corazón y por el regalo del palmito, y como hay muchas no se siente el desperdicio de un árbol. Otra cosa tiene más admirable y provechosa, que es el sumo y licor que de sí despide en grande abundancia en punzándola; es muy dulce y de él hacen chicha para beber, y en dándole punto al fuego se hace una miel excelente, tan buena como la de caña dulce, y tal que apenas se diferencia la una de la otra, de que sacan alguna cantidad para sus granjerías”.

No podemos dejar de llamar la atención sobre un elemento destacado en la descripción de Rosales: es tal la abundancia de palmas en 1674, que no les parece descabellado derribar un ejemplar tan sólo para comer el palmito (“como hay muchas no se siente el desperdicio de un árbol”).

DESCRIPCIONES DEL SIGLO XVIII

En el Ensayo sobre la Historia Natural de Chile, de Juan Ignacio Molina (el “Abate Molina”), obra publicada por primera vez en 1782, y que tuvo su segunda edición, corregida y aumentada, en 1810, también se hace mención a la palma chilena. Al igual que lo había hecho Vivar en el siglo XVI, menciona las palmas del área de Quillota y de Maule, insistiendo en que es este último río, el límite sur del área de distribución natural de la especie.

“Crece espontáneamente y en gran cantidad en la provincia de Quillota y en el distrito de Tapihue, en la provincia del Maule; más bien parece que este río es el límite asignado a la vegetación de esta planta; yo observé las últimas en su ribera septentrional. Su tronco, como el de casi todas las otras plantas monocotiledóneas, es poco consistente, por lo cual no tiene uso aplicable; de sus hojas se hacen esteras, paneras y escobas y del encéfalo o brote superior se extrae una gran cantidad de licor que se convierte después, mediante decocción, en una miel más grata que aquella de la caña de azúcar, pero entonces el árbol se pierde del todo.

Palma y pehuen. Lámina en la obra de Molina “Compendio della storia geografica, naturale e civile del regno del Cile” (1776).

Los campesinos se sirven de la espata para guardar su ropa. La espata, como habíamos dicho, cubre lateralmente los racimos; estos son de ordinario cuatro; cada uno porta más de mil cocos. Verdaderamente es digna de verse una palma cargada de tal modo con sus frutos, a los cuales hacen sombra las restantes hojas, encorvadas en arco hacia el horizonte.

Frezier, que tuvo la oportunidad de observarla en tal estado en la provincia de Quillota, describe muy bien en su viajes los racimos, espatas y cocos. Estos últimos están recubiertos de doble corteza, tal como los grandes cocos de los trópicos y las nueces europeas; el envoltorio externo es por fuera calloso, primero verde, después amarillo, pero por dentro está guarnecido de una borra filamentosa; la cáscara interna es leñosa, redonda, lisa y dura, de modo que el germen difícilmente podría descortezarla si la naturaleza no hubiese preparado dos pequeños agujeros cubiertos por una frágil membrana. Dentro de allí se encuentra, como hemos afirmado antes, una almendra esférica, cóncava en el centro, sabrosa, blanca y rellena -cuando está fresca- de un agua lactiginosa refrescante y agradable.

Todos los años se transporta al Perú gran número de sacos con estos cocos, donde son muy estimados en confitería. Se les extrae también un aceite bueno para comer”. Extracto de la edición de 1986, de Ediciones Maule.

En relación a las palmas del Maule, el Abate Molina especifica el sector en el cual estas se encuentran -localidad de Tapihue-, y vuelve a mencionar, como hizo Diego Rosales en 1674, las formas de explotación de la especie: extracción de miel y recolección de semillas.

En los últimos años del siglo XVIII, Vicente Carvallo y Goyeneche, en su Descripción histórico-geográfica del Reino de Chile (1796), también dedica algunas líneas a la Jubaea chilensis. En el capítulo referido a la “Descripción de la provincia de Quillota”, menciona:

“Hai palmas de dátiles, caña de azúcar, i la célebre palma chilena, que produce cocos del tamaño de nueces, i excelente miel”.

“[El] comercio activo [de esta provincia] procedente de su agricultura e industria consiste en […] 300 arrobas de miel de cañas, i ciento de la de palma. Esta es exquisita, i se hace del licor que se contiene en el cogollo de la palma, que purificado a fuego adquiere alguna consistencia, i resulta una especie de miel más fina que la de caña, i que la de abejas”.

Y en el capítulo dedicado a la “Descripción de la provincia de la La Laja”, entrega un dato curioso:

“Esta provincia establecida el año pasado de 1793, era territorio dependiente de la de Rere, i lo llaman isla de la Laja […], en el Pangal, paraje fertilísimo del dominio y residencia de los Heredias […] se ve la única palma de cocos chilenos que hai en este obispado, ellos la pusieron i la cultivaron con especial esmero, i cuenta ya más de 50 años de duración”.

El ejemplar habría sido plantado entonces, en 1743. Sería extraordinario encontrar aún en pie, en pleno siglo XXI, “la palma de los Heredia”.

DESCRIPCIONES DEL SIGLO XIX: período que marca un punto de inflexión

María Graham, en el Diario de  su residencia en Chile (1822), no pierde la oportunidad para expresar la admiración y extrañeza que le provocan las palmas del país:

“[Las palmas] son diferentes de todas la demás variedades que he visto, y producen una nuez de la forma de la avellana, pero mucho más grande, la almendra se parece a la del coco, y como ésta, es lechosa cuando nueva, la hoja es más ancha, más gruesa y más rica que la palma cocotera y además es más aparente para techar con ellas, a cuyo uso la destina comúnmente aquí, recibiendo el nombre de “palma tejera”; las hojas inferiores se cortan todos los años y no se dejan más de unas dos o tres de las superiores. Por este medio el derecho y elevado tronco se ve coronado por un capitel muy singular antes de que se ramifiquen las hojas, tan parecido a algunos de los capiteles de las ruinas del antiguo Egipto, que no podía dejar de imaginar que contemplaba el modelo de su sólida y elegante arquitectura.

A Graham las palmas le resultaban similares a los pilares de las ruinas de templos egipcios.

Esta palma difiere considerablemente de todas las que he visto en el mundo.

La altura de las que he visto más crecidas es de cincuenta a sesenta pies, y como a los dos tercios de esa altura el tronco se angosta considerablemente. La corteza se compone de anillos circulares nudosos y castaños; el tronco es siempre muy derecho y excede en circunferencia a todas las palmas que he conocido, excepto el “drago”; la envoltura que contiene la flor es tan grande que los campesinos la usan para guardar varios artículos domésticos, y tiene una forma tan exactamente igual a las canoas de la costa que me parece que ha servido de modelo para su construcción.

[…] Cuando el árbol llega a viejo, esto es, cuando se calcula que ha visto pasar unos ciento cincuenta años, los habitantes lo cortan y, aplicándole fuego, se le hace destilar un rico jugo que llaman aquí miel, que tiene un gusto entre el de la miel de abejas y el de la más fina almíbar. La cantidad que produce cada árbol se vende en 200 pesos”.

Peter Schmidtmeyer en su obra “Travel into Chile over the Andes, in the years 1820 and 1821”, publicada en 1824, señala en el Capítulo III, “Características generales de América. Sus principales productos vegetales”:

“Las numerosas arboledas de palmas y canelos, mencionados entre las bellezas de Chile por el Abate Molina, tienen que haber sufrido mucha destrucción desde su época, o quizás nunca fueron tan numerosas, ya que actualmente rara vez se ofrecen al viajero, el que debe buscar en lugares retirados y particularmente favorables, que se ubican entre las cadenas de cerros más bajos.

El elemento que sustituye a la miel, en Chile, es la savia de la palma: tiene un buen sabor, pero no es espesa. Es muy probable que la raza de las palmas fuera antes más numerosa en este país, pero al ser usada de manera imprudente o desenfrenada, esta ha ido disminuyendo gradualmente, y pronto terminará extinguiéndose totalmente, ya que la palma usualmente muere después de que la savia ha sido sacada del tronco. Los coquitos, que aquí se cosechan en cantidades considerables, son muy pequeños”.

El célebre naturalista Charles Darwin, en el Capítulo II de su obra Viaje de un naturalista alrededor del mundo (1834), ofrece una descripción de la palma chilena, extendiéndose en el modo de explotación de la savia:

“Durante la ascensión [al cerro La Campana] noto que sobre la vertiente septentrional no crecen sino zarzas, en tanto que la vertiente meridional está cubierta de un bambú que llega a alcanzar hasta 15 pies de altura. En algunos lugares se encuentran palmeras y quedo muy asombrado al hallar una de ellas a 4.500 pies de altitud (1.350 metros). Con relación a la familia a la que pertenecen, esas palmeras son árboles deslucidos. Su tronco, muy grueso, presenta una forma muy curiosa: es más grueso hacia el centro que en la base y la copa. En algunas partes de Chile se las encuentra en número considerable y son muy preciadas a causa de una especie de melaza que se obtiene de su savia. En una propiedad cerca de Petorca se trató de contarlas, pero se renunció a ello luego de haber llegado a la cifra de muchos centenares de miles. Todos los años, al principiar la primavera, en el mes de agosto, se cortan gran número de ellas, y cuando ya el tronco está en el suelo, se le quitan las hojas que lo coronan. Entonces empieza a fluir la savia y sale por el extremo superior y fluye así durante meses enteros, pero a condición de que cada mañana se corte una rodaja del tronco, en forma que quede expuesta al aire una nueva superficie. Un buen árbol de esos llega a producir 90 galones (410 litros); el tronco de la palmera, que parece tan seco, debe, pues, contener evidentemente esa cantidad de savia. Según dicen la savia fluye con tanta mayor rapidez cuanto más calienta el sol; y también dicen que hay que tener gran cuidado al cortar el árbol, de hacerlo caer en forma que la copa quede más alta que la base, porque, en caso contrario, la savia no fluye; a pesar de que lo normal sería que, en este último caso, la gravitación ayudase a la salida de la savia. Esta se concentra haciéndola hervir, y entonces se le da el nombre de melaza, sustancia a la que se parece en el sabor”.

Darwin, mientras describe los climas que los viajeros podían encontrar en la costa occidental de Sudamérica, navegando hacia el norte desde el Estrecho de Magallanes, aprovecha de señalar que las palmeras (no indican si nativas o exóticas), se podían encontrar recién desde los 37° de latitud hacia el norte, es decir, aprox. a la altura del río Biobío. Darwin no tuvo la oportunidad que tenemos nosotros, de poder observar que la palma chilena podía crecer incluso más al sur, en ciudades como Valdivia y Frutillar.

Claudio Gay, en su Historia Física y Política de Chile, también nos entrega información sobre la palma chilena. Aunque las obras que citaremos fueron publicadas en 1853 y 1865, respectivamente, la información en ellas expuesta fue recopilada por Gay en los diversos viajes de investigación, que realizó entre 1830 y 1841.

En uno de los ocho tomos dedicados a la Botánica (Tomo VI, p.  157-158), señala:

“[La palma] vulgarmente Lilla y Cancan, árbol hermoso, de 30 a 35 pies de alto y tal vez más, recto, cilíndrico, algo más grueso hacia el medio […] se cría en las provincias del norte y alcanza en el sud hasta cerca del río Maule (35 grados), formando manchas algo tupidas que por desgracia van disminuyendo por los muchos que se cortan. Todo el árbol tiene algún uso doméstico. Las hojas sirven para hacer escobas, canastas y cubrir las chozas y aun las casas de campo. Los frutos se comen en dulce o en peladilla y se exportan en gran cantidad para el Perú, en donde están muy estimados; para quitarle la cáscara filamentosa con que los huesos están cubiertos, los campesinos los reúnen en un corral en donde echan las vacas, que comen la cáscara y dejan el fruto perfectamente limpio. Enfin del árbol se saca un licor muy azucarado que, mediante su decocción, se convierte en una miel muy dulce y muy apetecida en toda la República. Para sacar esta miel preciso es echar abajo el árbol y cortarlo sucesivamente y por tajadas muy delgadas en la parte superior, que es la que ha de distilar el jugo. Cada pie suministra una arroba de miel y a veces hasta una y media y muchas personas se dedican enteramente a esta industria comprando los árboles a los hacendados a razón de 4 pesos y medio cada pie. Como los animales apetecen mucho el caldo, las personas hacen cercas a la parte del árbol que lo distila”

Y en uno de los dos tomos dedicados a la Agricultura (Tomo II, p. 169-170), indica:

“Este árbol de un aspecto majestuoso como todas las palmas se cultiva solo por curiosidad en unos pocos jardines, pero crece naturalmente en algunos lugares de las provincias de Aconcagua y de Colchagua. Alcanza hasta treinta varas de altura y forma selvas a veces muy tupidas. Cuando el viajero corre de noche estas selvas creeria entender las sombras de algun fantasma caminando hácia él, por el palateo que, en medio del silencio, producen las hojas movidas por la más sencilla brisa. Entónces un sentimiento de timidez y de inquietud lo domina y lo acompaña en aquellas soledades á veces algo extensas.
La palma da dos productos, los cocos y la miel o jarabe. Los primeros forman racimos en número de 1 a 2 y hasta 4, los cuales contienen una muy gran cantidad de frutos pequeños a tal punto que un árbol da hasta una fanega, pero más generalmente la mitad y con frecuencia todos los dos años. Son los muchachos que están encargados de cogerlos y para eIlo tiran una soga provista de una piedra de modo a envolver el follaje o penco y envolviéndose despues su cuerpo con esta soga suben arriba con la ayuda de sus manos. Los racimos cortados se bajan con la cuerda y se ponen en un lugar para hacerios madurar si no lo están, lo que permite a Ios cocos a desprenderse del racimo. En este estado están todavía cubiertos de una cáscara blanda muy apetecida de los bueyes, ovejas, asi es que para tenerlos limpios no hay mas que librarlos en un corral al avidez de estos animales. Por cuanto á la miel no hay mas que echar abajo el árbol y cortarlo a la cabeza para hacer destilar su jugo que se recibe en un caldero y que se hace hervir hasta la consistencia de un jarabe. Esta miel se consume en Chile y es preferida a la de caña como mejor y más digestible; la cantidad es muy grande, pues en 1804, un solo hacendado, don Nicolás de la Zerda, sacó de su hacienda cerca de Quillota 212 cargas de este miel que a 5 arrobas cada una las hacían subir a 636 arrobas vendidas a 8 pesos, lo que le daba un producto de 5.088 pesos. Los cocos están usados en peladillas y se exportan generalmente a Lima en donde sirven para el mismo uso. La cantidad exportada al año será de 2329 fanegas al precio de 7 pesos poco mas o menos”.

YA NO SON TAN ABUNDANTES

Vicente Pérez Rosales, en su Ensayo sobre Chile (1857), vuelve a indicar, como ya lo había hecho Schmidtmeyer en 1824, un hecho sumamente relevante: en la primera mitad del siglo XIX, ya se puede apreciar una disminución significativa en comparación con la abundancia de la palma en tiempos pasados:

“La palmera o coco, que se llama simplemente Palma (Jubaea), era antes muy común en Chile. Hay todavía algunas en las colinas marítimas de Valparaíso. Esta planta no crece espontáneamente sino en las provincias centrales, entre los 33° y el 34° lat. S en el valle de la costa, donde se ven aun bosques espesos”.

Pérez Rosales, señala que la palma continúa siendo especialmente abundante (“bosques espesos”) en aquella franja de territorio beneficiada con la humedad de las masas de aire que provienen del océano (“valle de la costa”). Un área cuyos límites norte y sur, coinciden con los dos grandes palmares que sobreviven hasta nuestros días: Ocoa y Cocalán.

El autor, por desconocimiento, por opción, o porque quizás el número de palmas fue considerado poco relevante, no hace mención de otras poblaciones de palmas más pequeñas en comparación con esos grandes palmares. Es el caso de las palmas de Petorca, Tilama, Culimó, Monte Aranda, Candelaria, Estero Cartagena, Tapihue.

Rosales tampoco menciona las palmas de Maule, que sí mencionaron los cronistas coloniales. Quizás el número de palmas en esta zona había descendido de tal manera, que ya no consideraba relevante mencionarlas. Más adelante señala:

“La palma chilena es muy estimada, a causa del partido que se saca de todo el individuo. El tronco, derribado, deja escapar por el nudo vital una gran cantidad de savia tan azucarada, que basta concentrar el líquido por el calor para obtener una miel infinitamente mejor que la de caña de azúcar, tanto por su sabor como por sus poderosas facultades digestivas. El fruto de la palma es del grueso de una cereza; se desprende bajo las hojas en la forma de enormes racimos y está lleno de una sustancia blanca y aceitosa de un gusto delicado. Es empleado muchas veces por los confiteros. Las hojas tienen una belleza elegante; sirven en las fiestas religiosas y suministran también techos a las casas de los campesinos. Se exporta el coquito, nombre que se le da al fruto, para toda la costa del Pacífico, bien que en pequeñas partidas. La exportación correspondiente a los años 1852 y 1853, sube a la cifra de 21.370 pesos, valor de 4.274 fanegas de coquitos que encontraron salida en las repúblicas del litoral, y se puede añadir que el término medio anual no excede en mucho el valor de 8.000 pesos. Como el fruto de la palma se da, así como la avellana, sin ningún esfuerzo particular, esta cifra, por insignificante que parezca, podrá llegar a proporciones más extensas, si no se entregan por el atractivo de la miel, a la destrucción de este árbol cuyo desarrollo tardío exige más de un siglo para que pueda llegar a la edad de la producción”.

En esta parte final del relato sobre la palma chilena, Vicente Pérez Rosales sintetiza los factores que llevaron a la disminución drástica de la especie: explotación de sus semillas y corta de los ejemplares adultos para extracción de miel.

El geólogo francés Amado Pissis, en el marco de su obra Geografía Física de la República de Chile (1875), en el capítulo “Geografía Botánica”, p. 274-275, indica:

“En Chile no se cria más que una sola familia de las palmeras, familia muy notable por sus grandes dimensiones, cuyo estípite tiene muchas veces más de un metro de diámetro y se eleva a grande altura. Esta palmera es muy lenta en crecer, y resiste a temperaturas bastante bajas; la hemos hallado a 1.200 metros de altura en regiones donde permanece la nieve durante muchos meses del año y donde desciende la temperatura a muchos grados bajo cero. Esta hermosa especie se presenta únicamente en los terrenos graníticos y en la vertiente occidental de la cordillera marítima desde el grado 32 hasta el 35”.

Nos detendremos en este último dato: a diferencia de los autores anteriormente mencionados, que insisten en ubicar el límite septentrional del área de distribución de la palma chilena en la zona de Quillota, Pissis lo establece más al norte, considerando de esta forma los palmares ubicados en Monte Aranda, Tilama y Culimó. En lo relativo al límite sur, en cambio, coincide con lo indicado por los demás autores: la ribera del río Maule.

Pissis continúa:

“Antiguamente era muy común, pero va desapareciendo poco a poco, porque cada año se arranca una gran cantidad de estas palmeras para extraer el azúcar que contiene su savia y hoy día no se hallan más que individuos aislados en vez de los numerosos bosquecillos que formaban en otro tiempo; los únicos parajes donde se presentan con alguna abundancia, son la hacienda de Ocoa en el departamento de Quillota y la de Cocalán en la provincia de Santiago”.

La célebre botánica Marianne North, en su autobiografía “Recollections of a happy life”, Tomo II, p. 313, publicada en 1894, señala:

“Los suburbios [de Valparaíso] se extienden a lo largo de la costa por algunas millas, siendo el Salto el más atractivo de ellos, porque había en él un valle lleno de la palma nativa (Jubaea spectabilis) que solía cubrir el país hace cuarenta años atrás; ahora, escasamente quedan un centenar. La palma es extraña, con una fisonomía deforme, siendo bastante similar en carácter al valle rocoso en el que ella crece”.

Palmas en El Salto. Esta bella ilustración de Marianne North, en la actualidad está bajo custodia del Real Jardín Botánico de Kew.

 

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